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| Foto: EducarChile |
El Finado Cuarta.
Puerto de Coquimbo, año 1962.
En cerros donde las calles de tierra empolvaban viejos vehículos, donde traviesos pequeños con sus rostros sucios corrían, jugaban y lloraban a las puertas de sus casas. Éstas, con calaminas y cemento parecían sucumbir frente al viento, pero que a pesar de todo hasta hoy siguen en pie. En esos cerros, vivió un humilde hombre conocido del puerto, quien nunca en toda la ciudad, su nombre nunca fue descubierto. De él, sólo se supo que su apellido era Cuarta y que solía deambular por el centro coquimbano, dónde como “panes calientes” sus turrones volaban en las manos de los niños que, con berrinches, les pedían a sus padres que les compraran “un turrón del Cuarta”.
Y así fue por años. El Cuarta se transformó en un personaje clásico de Coquimbo, pero pocos conocían lo que pasaba en la vida de éste pobre hombre; muchas veces se le vio durmiendo en la puerta de su casa, a la intemperie, abrigado con toda su ropa encima. Dentro de su morada, se escuchaban constantes gritos de ira femenina, nadie conocía la causa de estos, sólo se atinaba a creer que dentro de esas paredes había un infierno.
A todos les extrañaba el porqué de los malos momentos que tenía que vivir "El Cuarta", siendo él un hombre respetuoso y correcto. Nunca se le vio ebrio, drogado, mendigando o mal vestido; siempre bajaba con un bestón pelusiento, con su peineta en el bolsillo, un pelo bastante “engominado” y unos zapatos bien lustrados. Se levantaba temprano para ganarse la vida.
Con el tiempo, la gente empezó a observarlo con cierta compasión y las cosas fueron cambiando. Los niños, pasaban al lado de el sin siquiera notar le presencia de este y la población comenzó a mirar con extrañeza y miedo a este "vagabundo". El hombre, empezó a lucir desgastado, delgado y envejecido para su edad -sólo 50 años-, el miedo se transformó en indiferencia.
Era una helada mañana de invierno, los padres salían de las puertas con sus hijos uniformados y peinados para despedirlos rumbo a la escuela. Fue allí, que en medio de la intensa neblina, se vio la figura de este hombre, que golpeaba su cabeza al pavimento con desgarradores gritos de tristeza.
Los intentos de las señoras del barrio para detenerlo fueron en vano, "Oiga Don Cuarta, ¡pare, por favor!, ¿Qué le paso?, ¡Dígame!" se replicaba en las voces de los vecinos. Nunca dijo nada, sólo se lamentaba y se cuestionaba; se paró con la cabeza ensangrentada y cayó arrodillado llorando. El personaje maldijo con un grito que, hasta hoy, resuena en el centro de la ciudad. "¡Devuélveme a mis hijos, maldito!", decía consternado mientras sacaba un cuchillo desde su chaqueta. El hombre, se perforó el estomago ante la mirada atónita de la gente, sacando todo desde su interior que terminó en boca de los perros. Curiosamente, ofrecía sus tripas como el mejor de sus turrones.
A las 7:30 de la mañana, en la bajada de la calle Henríquez con Lord Cochrane, cae muerto quién desde ahora sería "El Finado Cuarta". Desde ese día, el tema es conversado por los coquimbanos más longevos que replican su experiencia.“Tu abuela conversaba con la vecina, yo bajé al centro y todos hablaban de el” me dijo mi abuelo, que nunca olvidará que vio al "Cuarta" suicidarse. Se dice que desde aquel momento, se puede oír al “Finado” en las frías noches de invierno ofreciendo turrones en el solitario Empalme.
Por: Jordan Hoyar Ireland